La fecha del crimen había llegado. Era el día D y faltaba ya muy poco para la hora H. El tiempo pasaba, irremediablemente.

Jack se encontraba sólo, muy cerca de su víctima, oliendo el irresistible aroma de la sangre y se frotaba las manos para aplacar el frío ambiente. Llevaba días preparandolo todo y ahora no podía fallar.

Era un sentimiento enfrentado. Por una parte, estaba deseoso de hacerlo, moriría si no lo hacía, pero por otra, sabía que debía de tener mucho cuidado para no dejar ninguna prueba y pasar inadvertido.

Así que miró directamente a su víctima y bailó con ella el tango del engaño…