Los aeropuertos han dejado de ser lugares en los que despegan y aterrizan aeronaves que trasportan PERSONAS y mercancías.

Atrás quedó observar anonadados los aviones tras grandes ventanales que iluminaban nuestro nerviosismo. Esos parpadeos de barriga por saber que pronto nosotros estaríamos también ahí arriba, sobrevolando los cielos. Buscando alguna ilusión, algún destino y algún por qué. Lejos quedaron las esperas ojeando el Muy Interesante mientras masticas chicle que compraste en tu ciudad de origen junto con más chucherías de ilusión de viaje, unos cacahuetes, tal vez. Ya no sirve de nada leer ese viejo libro que tantas veces has deseado pero que hasta ese momento no habías cogido porque no tenías tiempo. Ya no hay conversaciones con bohemios argentinos que insultan su política, gente del pueblo que te cuenta historias para el recuerdo o alemanas fascistonas que te dan que reir. No hay intercambio cultural.

Ahora los aeropueros son sitios donde se habla con el móvil. Grandes centros de la tecnología y el capitalismo. No existen las miradas, ni se respira humanidad, no hay hermosas charlas ni intercambio cultural. Sólo el individualismo. Ya no importa el qué, el quién, cuándo o por qué, no importa a dónde vayas ni a quien busques ni que vayas hacer…. lo que importa es el cómo. Importa comprar mierdas para jugar a ser Dios en Ermenegildo Zegna. Y probablemente si no llevas traje o chaqueta y no tienes un teléfono móvil de última generación y un portatil toshiba pasarás desapercibido como un cenicero. Serás nadie para nadie.

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