Ya sea transmitiendo información, opiniones, perspectivas, argumentos en contra o notas de humor, la voz humana es abierta, natural, sincera.

Esta afirmación que parece una obviedad fue escrita hace trece años. Es la cuarta tesis del Manifiesto Cluetrain, un compendio de 95 conclusiones que, de forma profética, anticipaban cómo la Red iba a cambiar la forma en la que se comunican empresas, instituciones y ciudadanos. Así ha sido.

Hasta hace unos años, los grandes medios de comunicación eran capaces de moldear la opinión pública y, ante determinados acontecimientos, amansar la actitud de unos ciudadanos que bailaban al son del mensaje político de turno. Pero la llegada de Internet, y en especial las redes sociales, ha permitido democratizar de forma real lo que hasta entonces era una libertad de expresión acotada. De un tiempo a esta parte hemos podido asistir a numerosos ejemplos en los que, por primera vez en la historia, la sociedad ha manifestado sus sentir en mayúsculas, sin nadie en el medio, hasta el punto de decidir las portadas de los grandes diarios; mandando más que los propios directores editoriales.

Por eso, lo que ha comentado Juan Luis Cebrían, consejero delegado de PRISA y presidente de El País durante un congreso de periodismo en Cádiz es vox populi. El rey no tendría que haberse disculpado si no hubieran existido plataformas como Twitter o Facebook. Las reglas del juego han cambiado; la información ahora no es de unos pocos. Cualquiera, desde su sillón, puede ejercer de altavoz público de las ideas; ya no manda el dinero, sino la verdad. Paradojas del periodismo.