Foto | Gabriel Bouys (AFP)

El mallorquín levanta seis bolas de break en la segunda manga. Vuelve a ser dos tenistas en uno: el que empuña la raqueta y el que compite con la mente.

La cita está extraída de la excelente crónica firmada por Juan José Mateo en EL PAÍS y se refiere a la victoria que acaba de conseguir Rafa Nadal en Roma frente al serbio Novak Djokovick.

El resultado no solo le convierte en hexacampeón del torneo llevándole de nuevo al número 2 del ranking, sino que sobre todo, supone un gran impulso moral para el deportista español que afronta Roland Garros y la segunda parte de la temporada con la mejor “salud” posible.

Cuando hablamos de salud en un tenista no solo nos referimos a su estado físico, sino fundamentalmente mental porque la técnica en un top ten como él, se presupone como el valor en la guerra. Y efectivamente parece que Nadal vuelve a la carga con la mejor de sus versiones; aquella que le convierte en un auténtico vendaval en la pista; aquella por la cual es capaz de apagar incendio tras incendio hasta minar la moral de su rival. Saber sufrir, que se llama.

Probablemente ese sea secreto mejor guardado de nuestro Nadal. Su fortaleza psicológica, que le permite en los momentos de máxima tensión de un torneo librarse del recuerdo de un error cuando lo comete, o controlar el optimismo tras conectar un golpe impresionante. Mientras siga jugando con esa delicada serenidad seguirá ganando torneos.

Gracias Nadal por ser, al menos para mi, el mejor deportista que ha tenido este país en toda su historia.