Nunca pensé que sería capaz de correr 21 kilómetros. Pero se puede, y lo mejor de todo, es que aún se puede correr más.

La preparación física juega un papel fundamental para realizar esta distancia con un mínimo de garantías. En mi caso concreto, y junto a mi buen amigo Miguel, hemos seguido con disciplina un plan de entrenamiento que nos ha ayudado a conseguir ese objetivo marcado.

Pero tanto o más importante que esa preparación física, es la mental. Correr largas distancias implica saber sufrir, tener paciencia y conocer los límites de tu cuerpo.

Esa es probablemente la enseñanza más importante que he aprendido después de tantos meses corriendo. Las zapatillas, las condiciones meteorológicas, los estiramientos o entrenamientos… todo eso que puede parecer tan importante, a la larga no sirve de nada si no se ha trabajado bien la mentalidad.

Por eso, cuando el pasado domingo crucé la línea de meta y vi cumplido este reto, la satisfacción que sentí fue máxima, no solo en el plano físico, sino sobre todo, en el psíquico.

Un subidón tremendo, una generación de endorfinas, una sonrisa permanente y, en definitiva, mucha felicidad. Saber sufrir para disfrutar.