Verdades como puños en un texto profundo, autocrítico y reflexivo. De los que están en peligro de extinción.

Los que somos firmes defensores del formato blog deberíamos enmarcar coma por coma y difundir a los cuatro vientos, el artículo que ha publicado el ínclito bitacorero iraní Hossein Derakhshan bajo el título “La web que tenemos que salvar“:

Hay una historia en el Corán en la cual pensé mucho durante mis primero ocho meses en aislamiento. En ella, un grupo de cristianos perseguidos encuentran refugio en un cueva. Ellos, y un perro que tienen, caen en un profundo sueño. Se despiertan con la impresión de que han echado una siesta, pero en realidad, han pasado 300 años. Una versión de la historia habla de cómo uno de ellos sale a comprar comida — y puedo imaginar cuánta hambre tenían tras 300 años — y descubre que su dinero está obsoleto, es una pieza de museo. Es entonces cuando se da cuenta de cuánto tiempo han estado ausentes realmente.

El hipervínculo era mi moneda hace seis años. Partiendo de la idea del hipertexto, el hipervínculo proporcionaba una diversidad y descentralización que el mundo real no tenía. El hipervínculo representaba el espíritu abierto, interconectado de la World Wide Web — una visión que comenzó con su inventor, Tim Berners-Lee — . El hipervínculo era una manera de abandonar la centralización — todos los enlaces, líneas y jerarquías — y reemplazarla con algo más distribuido, un sistema de nodos y redes.

Los blogs dieron forma a ese espíritu de descentralización: eran ventanas a vidas de las que raramente sabrías mucho; puentes que conectaban diferentes vidas entre sí, y consecuentemente las cambiaban. Los blogs eran cafeterías donde las personas intercambiaban ideas diversas sobre cualquier tema que te pueda interesar. Eran los taxis de Teherán con mayúsculas.

Desde que salí de la cárcel, sin embargo, me he dado cuenta de lo mucho que el hipervínculo se ha devaluado, quedando casi obsoleto.

Ahora casi todas las redes sociales tratan un enlace igual que tratan cualquier otro objeto — una foto o un texto — en lugar de verlo como una manera de hacer el texto más rico. Se te anima a publicar un solo hipervínculo y exponerlo a un proceso cuasi-democrático de «Me gusta» y «+1» y corazones: la adición de varios enlaces a un texto por lo general no está permitida. Los hipervínculos están objetivizados, aislados, despojados de sus poderes.

Al mismo tiempo, esas redes sociales tienden a tratar los textos e imágenes nativos — las cosas que se publican directamente en ellos — con mucho más respeto que los que residen en páginas web externas. Un amigo fotógrafo me explicó cómo las imágenes que sube directamente a Facebook reciben un gran número de «Me gusta», que a su vez significa que aparecen más en las páginas de inicio de otra gente. Por otro lado, cuando se publica un enlace a la misma imagen en algún lugar fuera de Facebook — su ahora polvoriento blog, por ejemplo — las imágenes son mucho menos visibles para el mismo Facebook, y por lo tanto obtienen un número mucho menor de «Me gusta». El ciclo se refuerza a sí mismo.

Algunas redes, como Twitter, tratan los hipervínculos un poco mejor. Otros, servicios sociales inseguros, son mucho más paranoicos. Instagram — propiedad de Facebook — no permite a sus audiencias dejar el sitio de ninguna forma. Puedes poner una dirección web junto con tus fotos, pero no irá a ninguna parte. Muchas personas comienzan su rutina diaria online en estos callejones sin salida de los medios sociales y sus viajes terminan ahí. Muchos ni siquiera se dan cuenta de que están utilizando la infraestructura de Internet cuando le dan a «Me gusta» en una fotografía en Instagram o dejan un comentario en el vídeo de un amigo en Facebook. Es sólo una app.

Pero los hipervínculos no son sólo el esqueleto de la red: son sus ojos, una ruta a su alma. Y una página web ciega, una sin hipervínculos, no puede mirar o contemplar otra página web — y esto tiene graves consecuencias para la dinámica del poder en la web.

Más o menos, todos los teóricos han pensado en la mirada, en relación con el poder, y sobre todo en un sentido negativo: el observador desnuda al observado y lo convierte en un objeto impotente, carente de inteligencia o agencia. Pero en el mundo de las páginas web, la mirada funciona de forma diferente: da más poder. Cuando un sitio poderoso — como Google o Facebook — mira, o enlaza, a otra página web, no sólo la conecta: la trae a la existencia; le da vida. Metafóricamente, sin esta mirada empoderadora, la página web no respira. No importa el número de enlaces que hayas puesto en una página web, a menos que alguien la esté mirando, en realidad está tanto muerta como ciega; y por lo tanto es incapaz de transferir poder a cualquier página web externa.

Por otro lado, las páginas web más potentes son las que tienen muchos ojos sobre ellas. Al igual que los famosos que extraen una especie de poder de los millones de ojos humanos observándoles en un momento dado, las páginas web pueden capturar y distribuir su poder a través de hipervínculos.

Pero las apps como Instagram son ciegas — o casi ciegas — . Su mirada no va a ninguna parte, excepto hacia dentro, reacia a transferir ninguno de sus vastos poderes a otros, llevándolos a muertes silenciosas. La consecuencia es que las páginas web fuera de los medios sociales están muriendo.

Las lustraciones que acompañan al artículo son Tim McDonagh; la traducción, que podéis encontrar completa aquí es de la amiga Cristina Juesas (premio Bitácoras, por cierto) y Luna Sánchez; y la pista… (o el “vía”), de otro gran bloguero: Juan García.