Antes de dar lugar a cualquier tipo de malinterpretación acerca del título de este artículo, debo aclarar que no está escrito en clave política, sino tecnológica. Dicho de otra forma: al hablar de populismos, no pretendo cuestionar la ideología o estrategia electoral desarrollada por algún partido o líder concreto, sino la postura que muchos de ellos están adoptando frente a un fenómeno global.

De hecho, mi principal interés se centra en denunciar la incultura e incompetencia digital que por desgracia sigue demostrando gran parte de la clase política, cuando de forma sistemática ignora la revolución que estamos viviendo y pretende seguir anquilosada a un ecosistema de comunicación e información que está más muerto que vivo.

Un cuarto poder con el que hasta hace pocos años esta viaja guardia no solo se entendía a la perfección, sino sobre el que era capaz de influir para difundir (u omitir, según conveniese) sus mensajes, obras y milagros e incluso atacar también a la oposición, y todo ello sin que los ciudadanos pudiéramos hacer mucho más que ver, oír y callar.

Pero afortunadamente las cosas han cambiado. La llegada de Internet y la web social ha roto por completo los esquemas y flujos tradicionales de información convirtiendo este ecosistema en algo mucho más transparente y democrático, y sobre todo, permitiendo que los ciudadanos nos sintamos protagonistas de los cambios sociales que se producen.

En este nuevo escenario, la esfera política se divide claramente en dos grupos:

  1. Los que entienden que los blogs, las apps y las redes sociales constituyen las herramientas idóneas para comunicar ideas, difundir iniciativas y movilizar al electorado de forma mucho más eficaz que la que se podría realizar a través de medios tradicionales. Son los políticos que han incorporado a su estrategia el poder de Internet y los resultados no están tardando en llegar a las urnas.
  2. En el otro bando encontramos los que, contrariamente, son incapaces de aceptar y adaptarse a esta nueva realidad en la que Internet está por encima de cualquier medio de masas. Son precisamente los de este grupo, los que confunden populismo con estrategia de comunicación enfocada hacia medios sociales y por eso, ante el miedo a la derrota electoral o la pérdida de votantes, acusan permanentemente al otro grupo con este término tan de moda en nuestra sociedad. No solo eso, la crítica, curiosa e irónicamente, también llega desde esos mass media tradicionales afines al sistema y que, en un proceso paralelo de inadaptación ante la transformación digital en sus redacciones, ven como sus audiencias y tiradas disminuyen drásticamente.

Ejemplos que dan muestra de este proceso, hay muchos:

  • Lo vimos en las últimas elecciones locales de nuestro país (25M), a través de la comunicación realizada por nuevos partidos como Podemos -con su máximo exponente en el fenómeno “Manuela Carmena”-, que haciendo un innovador y preferente uso de la tecnología, Internet y las redes, consiguió calar en el electorado y cosechar unos resultados impensables solo unos meses atrás.
  • También lo hemos visto en las elecciones americanas, donde un desafiante y controvertido Donald Trump no dudó en utilizar Twitter como principal altavoz de sus ideas en su éxito hacia la Casa Blanca.
  • Y, aunque podríamos seguir enumerando ejemplos, por último lo hemos visto de nuevo en nuestro país, en las primarias del PSOE, donde a pesar de tener a las principales cabeceras editoriales en contra, Pedro Sánchez conseguía una victoria contundente que cosechó a base de pico y pala en las redes sociales y comunicación directa con las bases.

En todos estos casos el triunfador siempre ha sido tildado bajo la misma acusación: populista. La palabra del año, sin duda, que ha sido y es utilizada por medios y políticos de cualquier tendencia e ideología, más como un arma arrojadiza contra sus adversarios que como una verdadera realidad. De hecho, si nos atenemos al significado que ofrece la RAE, populista es aquel político que pretende atraerse a las clases populares… ¡pero qué demonios! ¿Y quién no intenta atraerlas a día de hoy, verdad?

Si populista es aquel partido o político que se acerca a la población hablando su mismo lenguaje y utilizando sus mismos canales, entonces sí, estos nuevos dirigente y grupos que entienden la nueva era digital, son populistas.

Sea como fuere, como explicaba al comienzo, mi intención con este artículo no es destructiva sino todo lo contrario. Llevo años guiando a todo tipo de personas, empresas y organizaciones en el buen uso de Internet y la tecnología y, como profesional de este ámbito, creo que es importante concienciar ante este problema que por desgracia aún existe en la esfera política.

En su obra de referencia “El Origen de las especies”, Charles Darwin proclama que solo las que consiguen adaptarse a los cambios sobreviven o, dicho de otro modo, que aquellas que lo hacen más rápido, obtienen mejores resultados en su evolución. Esto mismo está ocurriendo en cualquier industria, ámbito o capa social, incluido por supuesto la política ante el cambio digital. Y en la medida que todos los actores implicados sean capaces de adoptar una posición proactiva ante este nuevo fenómeno y apostar decididamente por un verdadero gobierno abierto, toda la sociedad conseguirá verdaderamente evolucionar hacia un estado mejor.

¿Qué pueden hacer partidos y políticos para adaptarse con éxito al cambio digital?

  1. Aceptar que lo digital ha llegado para quedarse y que la tecnología, Internet y las redes son aliados fundamentales en cualquier estrategia de comunicación política. Ya no hay marcha atrás. Una estrategia orientada hacia los nuevos medios sociales contribuye a que las comunicaciones se difundan de forma mucho más inmediata, viral y eficiente al superar los límites que imponen medios como la prensa, la radio o la televisión, a la vez que también permite que los ciudadanos puedan opinar y sean escuchados.
  2. Pasar a la acción y poner en práctica, sin miedo y con compromiso, esta nueva política centrada en el uso de medios sociales por encima (o por lo menos, por delante) de medios tradicionales. Los periodistas y expertos en comunicación y dialéctica son importantes, pero resulta fundamental incorporar a los equipos y gabinetes, expertos en Internet y profesionales del ámbito social media.
  3. Crear relatos-fuerza de campaña con un comienzo, un desarrollo y un final para acompañar las principales acciones que se lleven a cabo desde el partido o sus candidatos. Con esto conseguirán humanizarse y acercarse de verdad a la población.
  4. Implicar a la ciudadanía, más allá de las bases (afiliados y simpatizantes), generando una dinámica de campaña que no depende única y exclusivamente del candidato, de su equipo, de su partido o de sus recursos. Tal y como argumenta el gran Antoni Gutiérrez-Rubí: Tienen muchas más posibilidades de ganar elecciones los que convierten las campañas no en un choque de aparatos o líderes exclusivamente, sino en un choque de redes y multitudes. ¿Os suena de algo?
  5. Fomentar la participación, dando primero la palabra, antes de pedir el voto. Y esto se consigue diseñando programas realmente colaborativos. Para ello, existen hoy en día multitud de herramientas y plataformas (ejemplo) sobre las que sustentar diversas fórmulas de gobierno abierto.
  6. Llevar por bandera la Transparencia. Los casos de corrupción han hecho mucho daño a la clase política. Hoy en día los datos están al alcance de todos. Resulta fundamental enseñar antes de que te enseñen otros y no solo por ley, sino por compromiso real con la sociedad.
  7. Aprovechar las bondades del Big Data. Precisamente en relación con el punto anterior, Internet y la tecnología actual permiten recolectar datos valiosísimos acerca de comportamientos, gustos, tendencias, opiniones… Un buen gabinete político también debería incluir perfiles de analistas de datos, capaces de sacar jugo a toda esta información.
  8. Demostrar positivismo durante las acciones de comunicación en entornos digitales; utilizar el humor y la creatividad social (memes, montajes…). La sátira visual ha desplazado a la crítica argumental y su capacidad viral es imparable. Muchos políticos comienzan a apostar por el ARTivismo.
  9. Diseñar y desarrollar webs y perfiles en redes para los partidos y los candidatos, realmente sociales, atractivas, adaptadas al fenómeno móvil y donde el contenido sea el rey.
  10. Estudiar las posibilidades de crowdfunding o financiación colectiva. Más allá de los fondos que, por ley electoral le corresponden, existen herramientas y plataformas para desarrollar campañas de captación de microcréditos y donaciones de particulares que permite a cualquier formación política no hipotecar su futuro a determinadas empresas o compañías, a la vez que los ciudadanos se sienten mucho más partícipes del proyecto.