Los que me conocen bien saben que nunca he sido extremadamente futbolero, al menos no con competiciones nacionales -ligas o copas- con el Jaén, o con el Madrid… mis equipos de siempre, que suelo seguir y apoyar de forma moderada.

Pero con la selección es otro cantar. Desde chiquitito una fuerza interior me ha llevado a convertirme en la niña del exorcista cada vez que juega España, en partido amistoso, oficial, de Eurocopa o de Mundial. He seguido muchas Copas del Mundo, y al igual que miles de españoles he sufrido lo que no hay escrito, pero la espera ha merecido la pena. La selección española está en una final de un mundial por primera vez en su historia y este momento hay que disfrutarlo.

Los cuartos de final me tocó verlos en una sidrería de Asturias, tierra del Guaje Villa, que por supuesto marcó ante Paraguay para llevarnos al siguiente escalón. La semifinal, en Madrid, junto a mis inseparables Chiara y José Luis, esta vez en casa, pero con una intensidad y una alegría desbordantes. No faltó la celebración posterior, con vuvuzela y bandera incluída…

Ahora, ya en Lugo, me acaban de confirmar desde el Ayuntamiento, que habrá una pantalla gigante en la Plaza de Santa María para la final frente a Holanda y ya estoy conspirando. Por supuesto el tío más feliz del mundo estará allí para ver cómo elevamos la codiciada copa del mundo con un equipo de ensueño que ha conseguido unir estos días a millones de personas en nuestro país. Esa es la grandeza del fútbol y esa es la grandeza de un equipo al que hay que apoyar. ¡Vamos España!