Raúl Ordóñez

Cultura digital, running y reflexiones personales con acento andaluz

Crónica de la XVI Vig-Bay

Para triunfar en la vida, no es importante llegar el primero. Para triunfar simplemente hay que llegar, levantándose cada vez que se cae en el camino.

Tras un tiempo de abandono sin publicar contenidos en este blog con la regularidad que a uno le gustaría (pido disculpas), retomo la pluma digital para hablar de una de mis pasiones y resumir las aventuras, sensaciones y reflexiones de la última carrera en la que he participado y de la que, desde luego, he aprendido muchas cosas.

La Media Maratón Vigo-Baiona (más conocida como Vig-Bay) une estas dos hermosas localidades de Rías Baixas en un impresionante recorrido costero. El ambiente es estupendo, tanto en participación, con unos 5.500 corredores, como en animación, con un caluroso público que te apoya sin parar durante los 21 kilómetros y 97 metros que tiene la prueba.

El año pasado fui con mi amigo y compañero de entrenamientos Miguel y quedamos tan contentos que en este 2015 no dudamos en inscribirnos de nuevo, eso sí, con dos nuevos compañeros de aventuras: Álvaro y Rubén que completan la humilde formación que hemos bautizado como Pulpoliva Runner Team.

Aunque el año pasado el principal objetivo era terminarla, en esta ocasión, podemos decir que nos habíamos fijado tres niveles de objetivos:

  • Objetivo pesimista: acabar la media maratón.
  • Objetivo realista: terminarla por debajo de 1.50, lo que supondría ya una rebaja de unos 3 minutos en la marca que hicimos el año pasado.
  • Objetivo optimista: terminarla por debajo de 1.45. Este es el verdadero objetivo para el cual habíamos entrenado. Está claro que no era un objetivo fácil, pues se trata de una media maratón no precisamente llana (no existen pendientes muy atenuadas pero sí un desnivel acumulado cercano a los +300 metros con largas y constantes rampas, de esas que van quemando poco a poco). En cualquier caso, habíamos llevado a cabo un plan de entrenamiento específico para este tiempo y estábamos teóricamente preparados.

Pero hay días y días. Y este 22 de marzo no amaneció bien… Nunca mejor dicho, porque la noche previa a la carrera fue desastrosa. Tras dar un paseo con nuestras parejas y cenar un buen plato de pasta en Vigo, fuimos al hotel para descansar. O al menos esos creíamos…

Porque había llegado una de esas excursiones de adolescentes (¿o quizá debería llamarlos jíbaros?) que se dedicaron básicamente a gritar, dar portazos, emborracharse y molestar hasta casi llegado el alba. Resultado: nuestra peque de año y medio llorando y despierta en cuatro ocasiones, varias llamadas infructuosas a recepción, reprimendas a los salvajes que no sirvieron de nada… y sobre todo: apenas tres horas de sueño. Factor número 1.

A las 8 habíamos quedado para desayunar, y como os podéis imaginar con este “descanso” el cuerpo no lo tenía muy católico, tanto que el generoso desayuno que suelo hacer los días de tirada larga se tradujo en una triste tostada mal untada de miel, un zumo poco natural y medio café que no entraba ni para atrás. Ni siquiera tuve oportunidad de tomar el clásico plátano que me acompaña en las grandes ocasiones porque no quedaban en el buffet. Factor número 2.

A pesar del mal comienzo, decidí afrontar el día con mentalidad positiva, reiniciar mentalmente, en la medida de lo posible, y disfrutar de la carrera que habíamos estado preparando estos dos meses. Además, teníamos un aliciente estupendo y es que nos acompañaban en la salida nuestras chicas, y en mi caso particular, también la pequeña Laura. Así que con esos grandes motivos nos dirigimos hacia la salida en la playa de Samil con tiempo suficiente para disfrutar del ambiente previo de carrera.

Una foto publicada por Raúl Ordóñez (@jaspeante) el

Una vez allí pudimos confirmar que el viento sería a favor y que el lorenzo empezaba a apretar, algo, que como ahora explicaré, también pasaría factura… Factor número 3

Tras los reglamentarios estiramientos y el trote de calentamiento nos dispusimos en los cajones de salida, con muchas ganas de devorar kilómetros y disfrutar del estupendo ambiente de la salida. Aquí tenéis un vídeo en el que podéis verla en todo su esplendor:

Aunque había bebido líquido suficiente y llevaba en mi bolsillo gominolas y alguna uva pasa, en esta ocasión había olvidado el gel energético reservado para las situaciones de crisis… Craso error. Factor número 4

Una vez dado el pistoletazo de salida, los primeros kilómetros transcurrieron según el guión previsto: un primer kilómetro lento, en el que era difícil avanzar puestos, pero que sirvió para ir calentando músculo. Una vez finalizado este tramo, y coincidiendo con el límite de la playa de Samil, comenzamos a pillar ritmo en el intervalo de pequeños toboganes de 2 kilómetros hasta llegar al final del puerto de Canido donde comienza la primera de las largas subidas de la prueba.

La subida de Canido a la Carretera Provincial no resulta muy empinada, pero sí larga, y con pocos descansos. Son cerca de tres kilómetros y medio de subida ininterrumpida en la que, a pesar de todo, me encontré mucho mejor que el año pasado. De hecho, subimos a muy buen ritmo (clavando 5.10’/km aproximadamente).

A partir del kilómetro siete, el terreno es mucho más favorable y ello nos permitió poner velocidad de crucero, en torno a 4.50’/km). Me sentía muy bien y parecía que el cansancio acumulado por no dormir, el desayuno chungo, o el calor que comenzaba a apretar… no pasaban factura… Casi habíamos llegado al kilómetro 15 según el guión previsto: 1 horas y 15 minutos. Todo parecía indicar que superaríamos con creces el objetivo optimista marcado…

Sin embargo, justo llegando a ese kilómetro 15, cuando estábamos enfilando la avenida que conduce al Monte Lourido, empecé a tener sensaciones raras… primero eran leves, después mucho más acusadas. Sentía que mi cuerpo perdía fuerza. Comí algunas pasas y gominolas, me refresqué con agua en el avituallamiento de ese kilómetro y parece que las piernas me respondían un poquito, por lo menos para afrontar la subida del Monte Lourido y llegar medianamente entero hasta el kilómetro 18…

A partir de ahí, ni agua, ni gominolas, ni pasas… ni el espíritu santo. Había agotado la gasolina completamente. Era una sensación muy angustiosa y frustrante a la vez, porque aunque de corazón y oxígeno sentía que estaba bien, mis piernas sencillamente no me respondían. Me dolía todo y sentía un cansancio muy muy generalizado. Mi mente quería seguir pero mi cuerpo me repetía constantemente una palabra: PARA.

Bajé el ritmo lo que pude y le dije a los compis, que hasta ese momento habían sido super generosos, que tiraran, intentando rezar por no parar en seco y tratando de llegar lo más dignamente posible a meta aunque fuese a ritmo de 5.40 o de 6… hacía tiempo que ya ni miraba el reloj.

El gráfico lo dice todo:

carrera_vig_bay

Esos tres kilómetros han sido los tres kilómetros más duros de mi vida. Se me hicieron eternos. En aquel momento pensé que nunca llegaría a completarlos. Cerraba los ojos y apretaba los dientes repitiéndome a mi mismo que ya que había llegado hasta allí no me iba a rendir, que tenía que seguir. Ya no me importaba el tiempo, ni la marca. Mi objetivo era acabarla.

Y así fue como por fin llegué al último kilómetro. A lo lejos se veía la meta plagada de público. Muchos fueron los corredores que me adelantaron entonces buscando ese sprint final que otras veces sí que he tenido y que tanto motiva. Pero en esta ocasión solo tenía que dar por gracias por afrontar esa última recta corriendo, fuese al ritmo que fuese. Me conformaba con eso. Levanté la cabeza, apreté los dientes de nuevo y final.

Gracias al agua, azúcar y plátano que tomé justo al llegar, poco a poco esa sensación de mareo, cansancio y ganas de desfallecer que tenía al acabar fueron desapareciendo…

La marca final: 1 hora, 50 minutos y 5 segundos. Mejor tiempo que el año pasado, aunque objetivo optimista no conseguido…

Pero esa sensación agria poco a poco fue desapareciendo y dando paso a una sensación dulce. Dulce, por haber conseguido superar probablemente la situación en carrera más difícil que he tenido hasta ahora, pudiendo acabanr (vertical) la media maratón. Pero dulce, sobre todo, porque es una experiencia muy valiosa que me servirá de mucho en el futuro.

Aunque llevo tres años corriendo, esto no ha hecho más que empezar. Ya pienso en la siguiente 😉

PD: Muchas gracias a Katie, Rubén, Laura, Álvaro. Isa, Miguel, y a mi Wendy y mi Laurilla por los ánimos antes, durante y después de la carrera. Un besote a tod@s!

Anterior

El milagroso caso de Stephen Hawking

Siguiente

Pensando en la Behobia-San Sebastián

1 Comentario

  1. Álvaro

    Me has emocionado y todo. Y ya sabes que el año que viene volvemos, previo paso, por la Behobia!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Creado con WordPress & Tema de Anders Norén